¡Por fin llegó el verano! Urge descansar. Aislarnos de estos tiempos de malestar y hartazgo social. Que irónico que en Japón, a esta era la llamen Reiwa, que significa “tiempo de bondad y orden”. Eso será en Japón, que está muy lejos, porque aquí en “nuestro México lindo y querido” nada más distante que la armonía y la paz. Incluso en vacaciones. Acá parecemos hartos. Nos quejamos todo el santo día. Todas y todos. Pretextos no nos faltan, pero el favorito es el hacer, o el no hacer, de las autoridades. No sólo las nacionales. Ahí tenemos a Trump separando familias y lastimando niños ante la deficiente reacción de las autoridades nacionales y la comunidad internacional. Menos mal que llegó el verano para que las y los mexicanos podamos desconectar. Acoto: en este país de extrema desigualdad social, algunos privilegiados podremos descansar.

A pesar de que toda la infancia mexicana tiene vacaciones escolares, esto no es Europa y aquí sólo algunos padres y madres gozan de periodo vacacional. El resto sigue lidiando con sus jornadas laborales y sus hijos en casa. Suponiendo que la infancia mexicana que asiste a escuelas privadas, puede elegir algún curso de verano particular, estaríamos hablando de aproximadamente 2,563,033 niños según datos del Sistema Educativo de la República Mexicana del ciclo escolar 2015-2016. Esta minoría contrasta con un total de 23,334,603 alumnos que asisten a escuelas públicas y que presumiblemente no pueden costear un curso de verano privado.[1] Como sabemos, en México el sistema educativo no es incluyente. En este país nos hemos acostumbrado a vivir en una especie de guetos que colindan sin conocerse, mucho menos comprenderse entre sí. Se configuran según el nivel social al que se pertenece generalmente desde antes del nacimiento, practicamente inamovible a lo largo de la vida. Esto no es exclusivo del ámbito educativo, lo mismo pasa con el disfrute de otros derechos como la salud, la cultura, el trabajo, el esparcimiento, etc. Estas diferencias objetivas en acceso a derechos, hieren de muerte nuestro tejido social, impactando en todos los ámbitos, polarizándolo cada día más, alcanzando incluso al ámbito vacacional. 

Este verano no deja de sorprender la oferta de cursos de verano particulares que se puede encontrar. Innumerables son las opciones que prometen ventajas competitivas para nuestros hijos e hijas. Idiomas, deportes extremos, una extensa gama cultural y hobbies variados que van desde el parkour hasta acrobacias en telas, repostería, equitación y algunas opciones con actividades de concientización sobre el medio ambiente. Cualquiera de estos espacios permite la construcción de networking, entre “nuestros iguales desde la infancia”. ¿Qué quiere su querubín? Si tiene dinero encontrará lo que sueñe. Sin duda será un verano divertido y bien aprovechado. Y hay que decirlo todo, eso suena muy bien. Ojalá toda la infancia mexicana pudiera gozar de oportunidades tan enriquedecedoras durante las vacaciones de verano. Deseo alejado de la realidad. Derecho humano incumplido.    

Es aquí donde surgen dudas. Quejándonos sin ton ni son. ¿No decimos estar hartos de vivir en esta sociedad violenta e insegura en la que las autoridades no hacen lo suficiente? Esos gobernantes… ¿Y nosotros? ¿Qué estamos haciendo además de maldecir y recetar “heroicamente” desde nuestros virtuales muros, teorías perfectas para que “otros” lleven a cabo “nuestra” transformación? ¿Será posible una renovación sin una concientización y una congruente acción comprometida y aprendida desde la infancia?

Mucho me temo que no. Hace falta activar el derecho a la educación como el “derecho llave” para dar acceso a otros derechos, entre ellos el derecho al desarrollo que difumina desigualdades sociales. Y por educación no se debe entender únicamente la educación formal de los pupitres, sino la informal practicada fuera de las instituciones educativas tradicionales. Es comprensible que nos dé miedo sacar a nuestros hijos e hijas de sus zonas de seguridad, pero el mundo requiere responsabilidad social. Necesitamos salir de nuestras posiciones de privilegios y contribuir a construir un tejido social mucho más incluyente y pacífico que el que tenemos hasta hoy.

¿Qué pasaría si utilizamos estos días que nos quedan sin clases para que nuestros hijos e hijas participen en el cuidado de otros seres humanos que se encuentran en alguna situación de vulnerabilidad? ¿Acaso no deseamos una sociedad más empática? ¿Por qué no lo hacemos con acciones propias y les enseñamos a ir transformando la realidad por ellos mismos? ¿Qué pasa si nos organizamos y dentro de nuestras colonias armamos actividades con vecinos, niños y niñas que pasan el verano sólos en sus casas, mientras sus padres trabajan? ¿Por qué no buscamos algún proyecto con animales abandonados, donde nuestros hijos puedan ocuparse en algo más que ellos mismos y las “selfies” con sus mejores amigos?

Todavía nos quedan días de verano, saquémosle partido a estas oportunidades para pinchar los mundos burbuja y atrevesar los techos de cristal de nuestros hijos e hijas.

Gilda Ma. García Sotelo.

Doctora en Derechos Fundamentales.  


Véase: https://www.animalpolitico.com/2017/05/mexicanos-ninos-clases-educacion/

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