“¿Por-qué-ha-bla-a-sí- Paulina de la Mora?”

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La Casa de las Flores es la nueva bomba de Netflix. Todo el mundo habla de ella. No se hagan, todos la hemos visto. Llama la atención que una serie que únicamente representa a la “alta sociedad mexicana”, tan sólo el 1.7% de la población, despierte tanto interés entre “los de a pie”. Qué redituables resultan para los empresarios nuestras fantasías aspiracionales, disociadas de la verdadera realidad nacional.

Desde la perspectiva de derechos humanos, a La Casa de las Flores le sobra tela de donde cortar. Especialmente interesante resulta el trato que se dá a las cuestiones relacionadas con las personas q.ue forman parte de la diversidad sexual y de género. Ese contexto de prejuicios y discriminación que, en plena posmodernidad, siguen guardándose en “clósets”.

Hay un personaje en la serie que se ha vuelto un hit. Se trata de Paulina, representado por la extraordinaria actriz tamaulipeca que es Cecilia Suárez. La hija mayor de los De la Mora, es el sostén moral familiar, aunque lo sea, desde una debilidad profunda. Lidia con demonios personales que, desde hace mucho tiempo, la han llevado a usar ansiolíticos (“ando muy enganchada con el Tafil”) para sobrellevar su estresante cotidianidad y enfrentar las más complejas situaciones. Su peculiar manera de hablar, su rit-mo pau-sa-do, ha causado tantas reacciones, que incluso en redes sociales se ha creado el #PaulinaDeLaMoraChallenge.

Detrás de la diversión que nos causa este personaje, hay una mujer deprimida y angustiada, que nos permite colocar sobre la mesa, el tema de la salud mental, que es un derecho humano que forma parte del derecho a la salud en general; que debería considerarse como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente entenderse, como la ausencia de dolencias o enfermedades.

La depresión, las adicciones, los trastornos afectivos y de personalidad, representan actualmente una epidemia que incapacita a un número impresionante de personas. La OMS ha señalado que al menos el 20% de la población infante y adolescente padece problemas mentales. Cada año, 800,000 personas se suicidan por causas relacionadas. “Los trastornos mentales y los ligados al consumo de sustancias son la principal causa de discapacidad en el mundo”.

Si bien Paulina puede resultarnos un personaje simpático, con todo y su dependencia al Alprazolam, fuera de la ficción, resulta un tema de profunda preocupación e incluso gravedad, ya que las personas con trastornos de salud mental o discapacidades psicosociales, son objeto de discriminación, estigmatización, prejuicios, violencia, abusos, exclusión social, aislamiento y segregación, internamiento ilegal o arbitrario en verdaderos calabozos, medicación excesiva y tratamientos que no respetan la autonomía y la dignidad de quienes los necesitan.

Si Paulina no hubiera sido una niña de “las Lomas”, seguramente habría enfrentado un obstáculo que deben resolver la mayoría de quienes han vivido algún trastorno mental o emocional: poder acceder a un diagnóstico certero y bajo un modelo de atención basado en el respeto a los derechos humanos y que se ocupe también de los factores subyacentes de tipo social, económicos y ambientales, para afrontar situaciones similares. ¿Acaso la mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a destinar medios económicos, -imaginando que ya nos hubiésemos atrevido a hablar del tema, superado las resistencias y prejuicios de tener que ir “al loquero”-, para salir adelante de nuestra dolorosa situación? Las estadísticas demuestran que a pesar de que uno de cada cuatro mexicanos entre 18 y 65 años ha atravesado en algún momento de su vida un trastorno mental o afectivo, sólo uno de cada cinco, recurre a los servicios profesionales y recibe tratamiento.

En México, como en muchos otros países de América Latina, los recursos económicos y humanos enfocados a la salud mental son insuficientes y, en la mayoría de los casos, están concentrados en hospitales psiquiátricos donde, por cierto, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ha denunciado prácticas de tortura y abusos a derechos humanos que denigran la dignidad de las personas[1].

Cada vez parece más frecuente conocer personas que se encuentran automedicadas, negando o guardando la realidad, dentro de sus clósets, en lugar de normalizar, visibilizar y llevar a la agenda pública un tema de salud, cada vez más creciente y preocupante, que no tendría por qué ser motivo de estigmatización, sino de una adecuada atención y empatía.

Si el corazón, el hígado, los pulmones o los huesos pueden enfermarse, así también el cerebro y la psique. Es un tema de salud, no de locura. No nos hagamos, Paulina nos encanta, no sólo por su manera de pronunciar las palabras, sino porque tal vez nos recuerda a varias personas que conocemos y que comparten su tragedia. Tal vez, a nosotros mismos.

DESCIFRANDO DERECHOS
Alejandro Juárez Zepeda. (Invitado de lujo). 
Gilda Ma. García Sotelo.
Renata Demichelis Avila.
Concordia. Consultoría en Derechos Humanos @ DH_CONCORDIA

 

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