Por Israel Navarro

Los tiroteos masivos en Estados Unidos no son novedad. Columbine, Parkland, Sandy Hook, el concierto de country en Las Vegas, la discoteca Pulse, el Tecnológico de Virginia, San Bernardino, El Festival del Ajo, el cine de Aurora, la sinagoga de Pittsburgh, son algunas de las masacres más sonadas.

Las balaceras son tan cotidianas que hay un ciclo preestablecido. Ocurre la matanza, la sociedad enfurecida condena el acto, los políticos mandan condolencias en forma de “pensamientos y oraciones”, piden endurecer la legislación, las iniciativas se traban, y luego viene el siguiente tiroteo. Y el ciclo se repite, pero todo queda en pensamientos y oraciones. Thoughts and prayers, como le dicen allá.

Estados Unidos es un país en el que existe una fuerte cultura armamentista, tanto que hay estados donde es más fácil comprar una pistola que medicinas. Y esto radica en la segunda enmienda de la Constitución, que faculta a los ciudadanos para tener armas como medio de autodefensa.

Pero hoy en día, esta previsión legal no tiene sentido, por dos motivos: primero, el monopolio de la fuerza le corresponde al estado exclusivamente, y no a los particulares; y segundo, los estadounidenses ya no son colonos que tienen que defenderse de los soldados británicos.

Sin embargo, existen grupos de interés representados por la Asociación Nacional del Rifle, la cual es un brazo de operación política que financia campañas de candidatos, los cuales pagan el favor defendiendo desde el poder la posesión de armas como un derecho sagrado.

Hoy, los tiroteos vuelven a ser nota, inclusive fuera de Estados Unidos, porque la masacre de El Paso fue deliberada contra gente latina. Ocho mexicanos perdieron la vida.

Llama la atención que el perpetrador dejó un mensaje, en el que utiliza la misma composición lingüística que Donald Trump en sus discursos. Por si fuera poco, hace unos días, en un evento de campaña, Trump preguntó al público sobre las opciones para detener a los migrantes. Uno de sus seguidores respondió: “¡Dispararles!”. El presidente se río y le siguió el juego, en lugar de condenar la “broma”.

El eterno ciclo de los pensamientos y oraciones, ya era nefasto porque de nada han servido miles de asesinatos de inocentes, pero hoy se agrava ante un racismo que funciona como un motor electoral. Estados Unidos no es el único país del mundo con extremistas y enfermos mentales. La diferencia es que ahí sí les vende armas fácilmente y que mismo presidente fomenta la cultura de odio con miras a conseguir votos. Mientras esto no cambie, las masacres lamentablemente seguirán.

Israel Navarro es estratega político y socio del Instituto de Comunicación Estratégica. Twitter: @navarroisrael

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