Por Alberto Isaac Mendoza Torres

“Thirteen Reasons Why” (Trece Razones Para) es el título de un libro para adolescentes que se publicó hace 10 años, bajo la firma de Jay Asher. Ahora ha causado revuelo porque su impacto ha sido mucho mayor gracias al sistema de televisión on demand Netflix.

Si usted no ha leído el libro o visto la serie, le advierto que está a punto de leer un par de  spoilers. Desde luego el principal no es difícil de adivinar, de hecho está en todas las sinopsis y ha sido el objetivo de los análisis psicológicos de los últimos meses: el suicidio de la protagonista Hannah.

Si a esto le sumamos que en redes sociales ha circulado el “Blue Whale” o “Reto de la ballena azul”, hoy tenemos más que trece razones para hablar del suicidio. Aunque a mi parecer, más que problematizar el suicidio, lo que he visto es el impulso de la censura. Censurar el concepto, como si esto nos pusiera a salvo. A salvo de qué, me pregunto. ¿De morir?, ¿de suicidarnos?, ¿de que los jóvenes no piensen en el suicidio?, ¿es diferente el suicidio infantil, al juvenil, al de las personas en edad “madura” o en los llamados de la tercera edad?, ¿por qué en unos sí y en otros no?

Recientemente fue publicado en la revista especializada en psicología Psyciencia, un artículo de María Eugenia Parla, de la Universidad de Buenos Aires, en el que propone a la prevención, como una manera de hacer frente a lo que considera apologías del suicidio. ¿Se puede prevenir, no el suicidio, sino una sola de las conductas humanas?

Ella cita que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las conductas suicidas van desde la ideación y el intento, hasta el suicidio  consumado. Entonces la ideación suicida abarca el deseo de morir, pregunto, pero nadie responda en voz alta, sino lo vayan a tachar de suicida y lo vayan a querer medicar, para evitar que lo consume, ¿alguien no ha tenido una sola vez en su vida el deseo de morir? Suicida es, según la máxima autoridad de salud en el mundo,  tener la representación del suicidio. Por favor, les voy a pedir que no piensen en elefantes… ¿en qué pensaron?

La autora de este artículo, especialista en psicología cognitivo-conductual y la tan de moda neuropsicología, asegura que el 95% de los que se suicidan padecen de algún trastorno mental  (primera etiqueta) y ella ubica en los trastornos mentales a la depresión, el alcoholismo y la esquizofrenia, en ese orden.

Pero además dice, quizá sea el otro 5% suicida, hay factores sociales que llevan a las personas a pensar en atentar contra su vida. Qué bella palabra, atentar contra la vida. Como si no hiciéramos eso cada que nos subimos al transporte público temiendo que en el siguiente asalto perdamos la vida. Es decir atentamos contra nuestra vida al subirnos al transporte público. Bueno, en esta esfera se encuentran factores como crisis económicas, ¿alguien se habrá salvado de alguna?, o ¿los ricos no se suicidan?, aislamiento social ¿pasar tanto tiempo en el Smartphone no es un tipo de aislamiento social?, malas relaciones interpersonales ¿quién tiene sólo buenas relaciones interpersonales, es más, qué es una buena relación interpersonal?, haber sido criado en un ambiente caótico –alguien se salva- violento y negligente, fracaso escolar –sólo los que sacan diez no se suicidan- y presión social – a qué se referirá con presión social: al estudia, se buen hijo, saca buenas calificaciones, no tomes, toma, no te drogues, drógate, cásate, no te cases, trabaja, ten hijos, quiéreles siempre, cómprate una casa, cómprate un auto, viaja, lee quince minutos al día, haz ejercicio, déjate la barba, córtatela. Casi nadie experimenta eso.

Si es cierto lo que dice la neuropsicóloga María Eugenia Parla, con base en lo que clasifica la Organización Mundial de la Salud, entonces todos somos suicidas. Y para qué habríamos de prevenir algo que ya somos. Es decir, cómo prevenir que la lluvia moje o que el fuego queme.

No hablen del suicidio, porque a los jóvenes se les incita a suicidarse.

Emil Cioran, escritor y filósofo ruso, decía que “vivir con la idea del suicidio es estimulante”, era considerado un apologista del suicidio. Vivía con la idea de suicidarse quizá desde los cinco años de edad, pero se le arraigó a los veinte. Sin embargo, murió a los 84 años, víctima del Alzheimer en un hospital. En contraparte, otro filósofo, Gilles Deleuze, quien siempre estuvo en contra del suicidio, acabó arrojándose desde la ventana de su apartamento. Esto pone en entredicho que hablar de suicidio provoca que te suicides y que defender la vida evitará que atentes contra tu vida.

La poeta Argentina Alejandra Pizarnik, también tenía en claro que un día se suicidaría, aunque no pensaba en eso todos los días. Tenía la posibilidad de escribir sobre su congoja, e incluso era escuchada, por su amigo Julio Cortázar. A quien le escribió una de sus últimas cartas antes de morir.  Cortázar claro que la escuchó, como sólo él sabía hacerlo. Y le propuso aplazar su decisión, también como sólo él podía proponerle. Nada impidió que se matara. ¿Entonces se puede prevenir?

A lo largo de la serie nos dicen que Hannah tiene 13 razones para suicidarse. Pero en realidad es una. Después de todo el tiempo de colocarse como víctima del acoso escolar y la violación, es quizá cuando llega ante el consejero escolar, que muestra cuál es su verdad. La verdad que es única en los suicidas.

 

Facebook: Alberto Isaac Mendoza Torres

Twitter: @AlbertoIMendoza

Instagram: albertoisaacmendozat

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