Por Israel Navarro

Por allá del 2004, hubo un candidato presidencial en Estados Unidos llamado Howard Dean. En uno de sus eventos de campaña, intentando ser arengoso para motivar a sus seguidores, tiró un grito de emoción al decir que iban retomar la Casa Blanca. Esa expresión de júbilo fue considerada como “poco presidencial”. Y a raíz de ese episodio, Dean cayó en una espiral de desaprobación de la que nunca se pudo recuperar. Un pequeño grito acabó con sus aspiraciones de llegar a la Oficina Oval.

Años después, apareció Donald Trump en la escena política y estando en campaña afirmó: “Podría parame en medio de la Quinta Avenida, dispararle a alguien, y no perdería ningún votante.” Y la historia ya la sabemos, aun con esa declaración, ganó la presidencia. Y así como estos ejemplos, hay muchas otras declaraciones polémicas que deberían mandar a políticos al retiro, y por el contrario, les generan más seguidores.

¿Qué ha cambiando en las últimas décadas que se ha normalizado el actuar grotesco de los políticos? ¿Será que la gente era más sensible antes y ponía más atención a lo que decían las campañas? ¿O será que vivimos en una época en la que nuestra opinión se ha vuelto, como diría la canción de Pink Floyd, confortablemente entumecida?

Me parece que mucho tiene que ver que el cinismo con el que se expresan algunos políticos, se confunde con franqueza, una cualidad rara en ese ambiente. “Bueno, pues es que tiene pantalones para decir las cosas como son” justifican algunos. Así comenzó el proceso de normalización de los disparates y las ocurrencias, que hoy son socialmente aceptables, y hasta bien vistas en algunos sectores.

Por este motivo, la política no cambia, aunque se nos venda el antisistema y la lucha en contra de los grupos de poder establecidos, el famoso establishment. Todo es parte de una ilusión en la que creen diversos grupos, que en ocasiones llegan a ser mayoría.

La democracia puede morir de muchas formas, pero un síntoma alarmante es cuando se ha perdido a la mayoría crítica capaz de denunciar y delinear lo moralmente correcto de lo que es pura parafernalia demagógica. Y eso comienza con la cultura de seguimiento a la política. Ese el primer paso para fomentar la memoria histórica de un pueblo.

Sí de acuerdo, se requieren sistemas educativos de calidad, oportunidades, y acceso a medios informativos para que eso se haga realidad en una sociedad. Pero también de la voluntad para cuestionar, argumentar, y debatir. Se vale creer en mundos perfectos, pero cuando eso no es alcanzable, se puede aspirar a tener ciudadanos que sean capaces de plantearse racionalmente si lo que dicen y hacen quienes aspiran a ser sus gobernantes, empata con los valores de la comunidad en la que viven. Eso es lo que debería normalizarse.

Israel Navarro es Estratega Político del Instituto de Artes y Oficios en Comunicación Estratégica. Twitter @navarroisrael

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