Por Luis Santiago Vidargas

En una alineación de circunstancias que parece mandada a hacer, la detención de Emilio Lozoya, personaje que fuera uno de los operadores políticos y aliados más cercanos al expresidente Enrique Peña Nieto, se da el mismo día en el que el PRI lanza una campaña de comunicación.

En dicha campaña, narrada por el presidente del partido, Alejandro Moreno “Alito”, el partido reclama su crédito por haber echado a andar, durante los 70 años que gobernaron al país, diversas acciones e instituciones como el IMSS o la educación gratuita, bajo el slogan de “échale la culpa al PRI”.

El PRI no es el primer partido en el mundo que, una vez caído en desgracia, busca limpiar su nombre presumiendo sus logros del pasado. Por citar un ejemplo, apenas el año pasado, el Partido Liberal Colombiano, partido con más de 100 años de antigüedad, cuya imagen se ha visto lastimada por diversos escándalos de corrupción, trató de recordarle al electorado de cara a las elecciones regionales de 2019 algunos de los logros alcanzados durante administraciones liberales, como la Constitución que rige a Colombia desde 1991.

Pero ¿qué transmite el PRI con esta campaña? Indolencia. Soberbia.

Es cierto lo que Alito dice en el spot. Fue bajo presidentes emanados del PRI que se fundaron instituciones y desarrollaron condiciones de crecimiento que hoy forman parte integral de la vida nacional. No solo el IMSS, también Ciudad Universitaria, el IPN, la UAM, el antes IFE y ahora INE y la negociación de un tratado de libre comercio con la economía más grande del mundo.

Pero ese no es el PRI que la gente recuerda. El PRI sigue siendo sinónimo de siete décadas sin democracia. De Tlatelolco, el Halconazo y Ayotzinapa. De la quiebra a principios de los ochenta, el error de diciembre y el FOBAPROA. De haber “tirado” el sistema cuando veían la elección perdida en 1988 y aventar toda la fuerza del poder judicial en contra de un candidato presidencial con el que no simpatizaban para favorecer a otro en 2018. De la Casa Blanca, los Duarte, Rosario, los Moreira, Yarrington, y Montiel. De creer que la corrupción es “algo cultural”.

El mensaje de fondo de esta campaña del PRI no es necesariamente malo. El tono es el problema. No hay autocrítica, ni humildad. No ofrece sus logros del pasado como un intento por volver a ganarse la confianza del electorado. Todo lo contrario, se queda a nada de decir “de nada, mal agradecidos”.

Es por eso que al juzgar esta campaña a la luz de la detención de Lozoya, se pierde toda la legitimidad que podría tener señalar las cosas buenas que sí se hicieron en administraciones priistas. Dicen de nada cuando, además de que nadie les dio gracias,seguimos esperando, como mínimo, una disculpa por todo de lo que sí tiene la culpa el PRI.

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