Por Israel Navarro

Dicen que las estadísticas son como el bikini, porque muestran mucho, pero esconden las partes más importantes. Y pasa lo mismo con los informes de gobierno en los que se usan cifras que cuentan lo mejor de la administración, pero que lo sea es otra cosa.

Este fue el caso del primer informe de gobierno de López Obrador, en el que el presidente nos transmitió su narrativa de cambio, aunque omitió algunos detalles que muestran otro lado. Sí, la cruda realidad tiene otros datos.

Por ejemplo, se habló del despliegue de la Guardia Nacional, pero no se abordaron las 17,000 muertes en el primer semestre del año, por la falta de estrategia en seguridad, más allá de invitar a los delincuentes a que se porten bien.

Se habló de Santa Lucía, pero no se mencionaron los 130,000 millones de pesos que implica cancelar Texcoco. Dolorosamente pagaremos un aeropuerto que no tendremos.

¡Bien por la reducción del huachicoleo!, pero no se dijo que el precio de la gasolina rara vez baja, a pesar de las promesas de campaña.

¡Que maravilla que se les dé oportunidad a 930,000 ninis!, pero ¿por qué cortar las becas a estudiantes de posgrado e investigadores científicos?

Muy bien el aumento al salario mínimo en 16% pero ¿por qué no hablar de la caída en generación de empleos formales en 51%, o que la economía creció 0%?

Ya no hay avión presidencial, pero no nos dicen que mantenerlo parado nos cuesta un millón de pesos diarios.

Y aun así, AMLO llega con 65% de aprobación a su informe, por una sencilla razón: es un excelente comunicador que apela a las emociones, aunque los números fríos no le den la razón. Todos los días abona a un concepto con el que se identifica la gente: que es una nueva forma de gobernar.

Austeridad republicana, aunque nos cueste más. Abrazos, aunque haya más balazos. Primero los pobres, aunque se generen más. Consultas populares, aunque sean a modo. El combate a la corrupción, aunque ésta siga existiendo. Que el país se caiga, pero que no regresen los de antes.

El mismo AMLO los etiquetó como una “oposición moralmente derrotada”. No sé si derrotados, pero sí ausentes y desorganizados. Es por ello que el presidente es el dueño de la cancha y no tiene contrincantes. Y mientras no haya un contrapeso comunicacional efectivo, seguiremos viviendo en la falacia de las verdades a medias.

Israel Navarro es estratega político y socio del Instituto de Comunicación Estratégica. Twitter: @navarroisrael

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