Por Israel Navarro

No hay una forma fácil de explicar lo que pasó en Ecuador. Bueno sí la hay: un presidente en sus peores momentos de aprobación, decide quitarle los subsidios a la gasolina regular y al diésel, lo cual aumenta los combustibles a su precio real, y ¡boom!, estallan las protestas.

Se manifiestan los transportistas, se suman los indígenas, luego los estudiantes y otros grupos sociales, como una bola de nieve, lo cual obliga al presidente a salir del Palacio de Carondelet, despachar desde Guayaquil e imponer el toque de queda.

Pero esto es sólo la punta del iceberg, porque una medida económica de este tipo no termina en disturbios y violencia, a menos que haya otros problemas de fondo, que sí tiene el Ecuador.

El primero de ellos, es el endeudamiento público del país que ronda el 57% del Producto Interno Bruto. Es decir, 57 centavos de cada dólar que produce el Ecuador, se deben a algún otro país.

Segundo, el petróleo ecuatoriano no es de los más cotizados, lo que priva al gobierno de ingresos suficientes para sostener al país. ¿Qué es lo que hizo presidente Lenín Moreno? Contraer más deuda, esta vez con el Fondo Monetario Internacional.

Tercero, desde que presidente Moreno asumió el mandato ha sostenido un pleito de comadres con el expresidente Rafael Correa, a pesar de Lenín fue vicepresidente de Rafael. En esta tónica, Moreno asegura que las protestas fueron impulsadas por Correa, con el auspicio de Nicolás Maduro.

Pero el problema más grande es el ecuador de la sociedad ecuatoriana. Esa línea que divide a quienes apoyan el derecho a la protesta y quienes dicen que hay que ponerse a trabajar. Los que apoyan a Moreno y los que apoyan a Correa. Los dicen que los indígenas se han aprovechado de la situación y los que creen que finalmente se les tomó en cuenta. Los que culpan al Fondo Monetario Internacional del conflicto y los que se lo atribuyen al expresidente. Los que creen que Lenín ha hecho bien al derogar su paquete económico y quienes creen que es un mal negociador. Y así sucesivamente.

Un proceso social no puede ser entendido en blancos y negros, sino en una escala de grises. Y mucho menos utilizar la violencia como medio de presión para imponer un criterio. Cuando esto pasa, se pone en evidencia el peor de los males en una democracia: la debilidad de las instituciones.

A mis amigos ecuatorianos, les mando un fuerte abrazo solidario.

Israel Navarro es estratega político y socio del Instituto de Artes y Oficios en Comunicación Estratégica. Twitter: @navarroisrael

 

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