Por Alberto Isaac Mendoza Torres / Psicoanalista

Vivimos sin lugar a duda momentos difíciles tras los sismos registrados en nuestro país, que han ocasionado casi 350 muertos. No perdamos de vista que fueron dos los sismos con víctimas mortales que resentimos durante este mes. El del 7 y el del 19. Claro que el del 19 es quizá el que más impacto ha provocado en el imaginario colectivo. Por una razón fundamental, quizá el origen de los males que hoy nos aquejan, como sociedad y puede que hasta como individuos: la repetición.

Este sismo repite, o reactualiza, la herida profunda que causó en los mexicanos el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Se repite una tragedia 32 años después. Y las televisoras no pararon de repetir las imágenes de desolación y destrucción de la Ciudad de México, casi por 24 horas los dos días siguientes, hasta que el caso de Frida Sofía les estalló en la cara.

El sismo que hoy nos aqueja, algo repite.

Decía que atravesamos momentos difíciles, a consecuencia de este fenómeno natural, porque así lo he escuchado, no sólo en la clínica, sino también en las pláticas de lo cotidiano. Y lo que he leído, también, en las redes sociales.

¿Cómo nos estamos comportando en estos días? Podría decirse que como se comporta la masa ante fenómenos de naturaleza similar. Podríamos decir que asistimos a la puesta en escena de dos obras, por un lado, la coloquialmente llamada psicosis colectiva, aunque su término sea inexacto, nos sirve para poder nombrar lo que estamos sintiendo; y por el otro a una catarsis, esta sí puede ser, de hecho, lo es desde sus orígenes, colectiva.

Hay un temor generalizado, ante la posibilidad siempre presente, y siempre real, de que vuelva a temblar, y que, en el siguiente movimiento telúrico, seamos nosotros los que quedemos atrapados en los escombros y no podamos salir. Esta es una realidad. Pero no sólo por los que ha pasado en los últimos días, sino porque los temblores son fenómenos que no hemos podido predecir. Ahí está una gran herida narcisista para la humanidad. En esta época de dispositivos, de gran avance tecnológico, de viajes a Marte, no podemos decir con exactitud cuándo va a temblar. Seguimos sin dominar la naturaleza. No tener el control de lo que va a pasar en nuestras vidas nos angustia, y pensar en ello nos angustia el doble.

¿Dónde nos estamos poniendo? Claramente se puede ver que estamos recurriendo a la sugestión y a la catarsis para tratar de curarnos. Por redes sociales he visto que se convoca a cadenas de oración, a determinadas horas. Y cada vez son más cadenas. No sé si en verdad se hagan. Pero lo que también he visto es que se reproducen los mensajes de índole religioso. Esa es la sugestión. Claro que calma. La alternativa de que haya un poder superior que va a velar por nosotros, calma. El problema es que toda sugestión es temporal, y por eso se requiere recurrir a ella una y otra vez, cada vez más, porque la pequeña dosis de sugestión que funcionó en un inicio ya no es suficiente. La angustia siempre gana. Y el otro camino que estamos siguiendo es la catarsis. Como en las buenas representaciones teatrales griegas. La ayuda comunitaria, la movilización de los hoy heroicos millennials, sirve como abreacción, es decir como una descarga de emociones y afectos ligados a recuerdos, recuerdos traumáticos. Todo este llamado a la solidaridad, claro que cumple con una función de ayuda. Pero sobre todo de ayuda para quien la da. Porque si se hiciera principalmente pensando en las comunidades y en las personas afectadas, no nos lanzaríamos tan rápidamente a entregar despensas, medicinas o ropa.

Porque lo peor de la emergencia viene en un par de semanas, en unos meses. Después cientos van a necesitar donde vivir, porque los albergues se van a levantar, pero sus casas no. Y en ese momento ya nadie, lo puedo firmar, se acordará de ellos, o quizá sí, pero sólo unos pocos.

Durante esta emergencia se ofreció mucho apoyo, incluso psicológico. Es la primera vez que veo que se ofrece este auxilio, y que incluso se pide. Podríamos decir que hay un reconocimiento a que hay heridas que en el cuerpo no se ven de entrada, que son las llamadas dolencias emocionales, que, si no atendemos, tendrán de nuevo su expresión, en ese receptáculo que llamamos cuerpo.

¿Entonces, qué hacemos? Desde luego es buena idea transitar por la sugestión y por la abreacción. Pero si nos quedamos en este estadio, es difícil que algo podamos lograr, más allá de la analgesia. ¿Sirven las recetas de qué hacer en esta emergencia emocional, aquellas que dicen no veas más noticias, ten pensamientos positivos, haz deporte, come frutas y verduras? Sí, pero temporalmente.

Porque claro que el terremoto nos provoca miedo, pero siempre el miedo, como cualquier dolencia es personal. Se trata de una representación subjetiva. Cada individuo ha colocado en este fenómeno natural, o en cualquier otro, su propia carga de afectos, recuerdos, y emociones. Es decir, lo que representó el sismo del 19 de septiembre, para cada uno de los que está leyendo este artículo, es algo muy diferente, a lo que representó para mí, por ejemplo. Yo, quedé atrapado entre los escombros de un viejo edificio en un sismo de 1999. Y después de eso en cada sismo podría o no repetírseme esa escena. Fue mi propio análisis, lo que me ha llevado a colocarme en una posición distinta ante cada temblor. Es decir, fue la posibilidad de hablar de esa representación y de las demás con las que estaba ligado, lo que hoy me pone en un lugar diferente.

Por eso deseo que este sismo les haya revelado las grietas personales de su estructura psíquica, y que se den la posibilidad de hablar de ellas. No sólo para efectos catárticos o de sugestión. Sino para poder hacer algo diferente. Colocarse en otro escenario.

Facebook: Alberto Isaac Mendoza Torres
Twitter: @AlbertoIMendoza
Instagram: albertoisaacmendozat

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