EDITORIAL: Subir o Morir, Meade frente al debate

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Son once semanas las que faltan para las elecciones presidenciales, y aunque la mayoría de las encuestas y sondeos han posicionado al candidato del PRI, José Antonio Meade en tercer lugar, su equipo de campaña se ha empeñado en ubicarlo en segundo según sus encuestas. No habría motivo para contradecirlos, aunque todas las pruebas existentes indiquen todo lo contrario.

Estudiosos en el tema han externado su preocupación sobre el posicionamiento actual de Meade, calificado su campaña desalentadora y preocupante. Priistas de alto rango, muchos de ellos cercanos al presiente Enrique Peña Nieto, no han titubeado para demostrar decepción y desaliento respecto a Meade, al grado de ya no esperar su triunfo, sino de manera pasiva, esperar a ver qué es lo que el candidato podrá lograr por sí mismo.

Este fenómeno que actualmente se vive dentro del PRI, no se había visto en ninguna campaña, ni en el caso del candidato Francisco Labastida, quien terminó por perder la presidencia, ni de Ernesto Zedillo quien claramente hizo lo posible por demostrar que el PRI no le interesaba en lo absoluto ni tenia carisma alguno.

Los priistas actuales, no tan cerca del presidente, confían en números imprecisos, provenientes de encuestadoras altamente cuestionadas. Con cifras en mano afirman que a mediados de mayo su candidato logrará repuntar al grado de acercarse al líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador. La pregunta es, ¿quiénes son estos estrategas que afirman que en menos de un mes Meade logrará crecer casi el doble de los puntos con los que actualmente cuenta?

Sabemos que en épocas electorales no sobran quienes aparecen en la vida de los políticos para venderles recetas mágicas y descabelladas con la promesa de hacerlos ganar. Sin embargo, cabría cuestionarse la realidad de estas promesas y la verosimilitud de sus cifras, sobretodo que la mayoría de los que actualmente asesoran a Meade, son en su mayoría aquellos quienes apoyaron al presidente Enrique Peña Nieto en su campaña, y quienes aseguran haberlo hecho ganar a pesar de que terminó con muchos puntos abajo con los que inició la contienda.

La sospecha es aún mayor si se tiene en consideración que muchos de estos personajes que se hacen llamar estrategas y que al día de hoy asesoran al PRI, han tenido una única experiencia en campañas, que es precisamente la de Peña Nieto. Probablemente hasta ellos estén convencidos de que su propio candidato no levanta.

Prueba de lo anterior es que cuando el gobierno de Enrique Peña Nieto arrancó en diciembre de 2012, su aprobación alcanzaba 54 por ciento mientras que 35 por ciento se manifestaba en contra del gobierno de acuerdo con cifras de Consulta Mitofsky. Poco antes de que fueran las elecciones intermedias de 2015, la aprobación había descendido a 39 por ciento y el rechazo aumentado a 57 por ciento.

Con dicho nivel de aprobación, el PRI obtuvo 32.2 por ciento de la votación a nivel nacional y alcanzó con sus partidos aliados el 44 por ciento de votos válidos. La misma casa encuestadora al día de hoy demuestra que las opiniones en contra ahora son de 69 por ciento, mientras que las que están a favor apenas alcanzan un 21 por ciento. La aprobación cayó 18 puntos. Las causas son diversas, pero muchas de ellas se agravaron por una mala estrategia para comunicarlas a los ciudadanos.

Estos “generales sin batalla”, como bien los llama Juan Bustillos, se han dado a la tarea de desperdiciar la imagen de un candidato que podría ser alguien competente para el país pero que difícilmente logrará serlo. La realidad es que más bien estos estrategas detrás de Meade han conseguido hacer añicos una estrategia que en un principio parecía positiva: postular a un candidato no priista con una gran trayectoria política. La decisión parecía buena dado que en la actualidad el priismo es fuertemente asociado con corrupción.

Los conocedores dentro del PRI, saben que si el candidato Meade no logra superar al panista Ricardo Anaya y por ende, no acercarse a López Obrador, entonces la cúpula priista tendrá que tomar decisiones. Según se ha dicho, varios de ellos buscarán refugio lejos del país porque la promesa de perdón y olvido de López Obrador es tan solo una estrategia que unos pocos se han creído. Se escucha también la sustitución del candidato hasta una negociación política de alto nivel que propone aliarse al segundo lugar: Ricardo Anaya.

Suena descabellado pero podría pasar. Aún tiene un debate por delante, el próximo 22 de abril, si Meade no sale de dicho debate con un triunfo claro que no se refleje en crecimiento entonces quizá habrá una desbandada de su equipo que buscarán opciones.

Lo que poco entiende la cúpula priista es que la lucha de Meade es quizá la lucha de todos los priistas, esos mismos que actualmente lo han dejado a su suerte. La guerra por el poder es sin duda una batalla donde no debería haber espacio para subestimaciones ni conformismos, algo que actualmente ha ahogado al PRI y a sus militantes quienes cómodamente se ha sentado a esperar que por obra divina las cosas cambien de un día para otro.

El desaliento de aquellos se agrava si se toma en cuenta la crisis del PRI y su fragmentación interna. Aquellos quienes se han atrevido a externar sus opiniones acerca del destino del PRI están actualmente en posiciones relevantes pero que observan con cierta distancia lo que está ocurriendo: la combinación entre la poca experiencia de su candidato en campañas electorales más la lucha de aquellos estrategas por imponer su asesoría está llevando a Meade a la debacle. Reconocen el esfuerzo de Meade pero tienen la seguridad de que si no hay un cambio de los estrategas nada de lo que haga el candidato priistas podrá ser capitalizado.

Aún hay tiempo dicen muchos, pero hace falta más que esperar un milagro para tomar cartas en el asunto. A no ser que se esté esperando alguna operación gubernamental, como muchos especulan. La pregunta es cómo harían esto posible posterior al escándalo por la resurrección del Bronco y la descalificación del Trife a la PGR por difundir un video de la visita de Anaya a la SEIDO. Está la incógnita de si el gobierno de Peña Nieto se atrevería a meter las manos para deslegitimizar una vez más las elecciones.

Lo único que podría salvar al candidato priista es que redefina el rumbo de su campaña y tome el control sobre ella y que él y su equipo dejen de esperar pasivamente que algo ocurra y de pronto todo cambie, pues son precisamente los estrategas quienes deberían ser los encargados de propiciar estos cambios que den de una vez por todas un giro de timón a su campaña que poco ha ofrecido en estos días.

Se revela un panorama pesimista pero bastante real de lo que está ocurriendo. Ya viene siendo hora de que Meade despierte y sacuda a esos que cómodamente desde puestos burocráticos juzgan sin intervenir directamente a su favor. Sin duda se está yendo contracorriente pero debe hacer uso de todas sus herramientas a su favor. Once semanas parecen poco pero en política las noches también se convierten en días. Al tiempo…

 

 

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