Adiós presidencialismo, hola presidencialismo

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Por Alberto Isaac Mendoza Torres

Uno de los rasgos que se criticó con toda razón y con mucha acides al sistema que supuestamente se fue en el imaginario el 1 de julio y que habrá de tener su carta de defunción el 1 de diciembre, es la manera personal de ejercer el poder. La concentración de todas las decisiones en la figura de un hombre, es decir el presidencialismo.

A pesar de que en el papel México vive un sistema democrático, de partidos y que el Supremo Poder de la Federación se divide, para su ejercicio, en Legislativo, Ejecutivo y Judicial, en los hechos todo esto queda anulado por la intervención en todos los aspectos de la vida económica, política y social de un solo hombre: el presidente.

Quizá el escritor peruano, Mario Vargas Llosa se equivocó cuando invitado por Octavio Paz a nuestro país, espetó en un debate televisado que: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México… Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible”. Y se equivocó porque ya lo hemos visto, no es sólo el partido, son los partidos los que llegan al poder y replican el modelo de decisiones. Quizá lo que Vargas Llosa no entendió a pesar de estar fuera de escena y que los mexicanos no queremos -podemos- entender por la cercanía con esto tan familiar que es ominoso, que México tiene dictaduras, no dictablandas como se le ha querido matizar, que duran seis años y que mueren cuando intentan el sueño metaconstitucional de perpetuarse en el gobierno. Cuidado con esto, no es lo mismo el gobierno que el poder, porque el primero sirve al segundo y nunca, al contrario.

Con un endeble sistema político, entendido en su conjunto, con el federalismo mancillado porque los presidentes han logrado quitar y poner gobernadores, y castigan y premian con presupuesto a sus aliados; con un sistema legislativo que funciona de ventanilla burocrática del presidente, y que se comporta así, en esta inercia del burócrata que a veces admite sin chistar todos los papeles de un trámite, pero otras aunque estén completos los expedientes busca la prebenda y la dádiva para “agilizarlo”; con un sistema judicial que está atrapado por la servidumbre al ejecutivo que es incapaz de sancionarlo como un poder entre iguales; y con un sistema de medios que funciona como eso, como un órgano más de propaganda gubernamental; es natural entender que México tenga como eje rector al presidencialismo.

Las decisiones, en todos los ámbitos, las toma un solo hombre porque tiene todo el poder. No hay contrapesos. Si el presidente decide nacionalizar la banca porque “ya nos saquearon y no lo volverán a hacer”, los demás poderes aplauden; si el presidente usa guayaberas por gusto personal para vestir todos los funcionarios y políticos las usan; si para un presidente es incómodo cierto comunicador habrá de sugerir, en algunos casos, a la empresa que lo cese, en otros tantos es la misma empresa la que organiza su despido en honor al convenio de publicidad. Ese es el presidencialismo. Al que supuestamente los votantes informados, hartos del sistema le dijeron adiós.

En la normalidad democrática a la que dijimos querer entrar expresiones como: “no voy a ser el poder de poderes”, no tendrían sentido. Pero lo tiene si es que el presidente electo tomó entre sus primeras acciones sugerir a “su” partido -ahora sí suyo porque el lo fundó y lo controló(a)- a un personaje de su entera confianza. Dichos como “procuraré el regreso de… (comunicadores a la radio”, no serían admitidas porque el presidente no tendría que decidir qué si escuchamos y qué no escuchamos, qué medios empleamos para informarnos y qué medios no; pero sí es admitida si el presidente electo concibe que hay medios golpistas a los que se les deben perdonar sus ataques, pero no olvidarlos, para usarlos como monedas de cambio. En la normalidad democrática a la que quisimos entrar, cancelar un proyecto de desarrollo sin sustentos jurídicos y económicos no debería ser admitido; pero sí lo es cuando el presidente electo anuncia proyectos sin sustento jurídico, económico, y ecológico.

Los votantes mexicanos dijimos adiós al presidencialismo para decirle hola al presidencialismo, quizá no sea una repetición sino un reinicio.

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