Feminicidio, cicatriz dolorosa en las víctimas indirectas

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A N. se le acabaron los adjetivos que conoce. Ninguno, dice, le alcanza para describir lo que ha vivido este año y que rememora cada minuto de cada hora de cada día… desde aquel en que a sus ruegos desesperados de “llame por favor a una ambulancia”, el policía le contestó: “No señora, esto ya no es de ambulancia” y le atajó el paso a la habitación donde yacía muerta su hija de tan sólo 19 años.

Pero las lágrimas le resbalan largas cuando comparte que el homicida fue su yerno, de 23 años de edad, a quien ella trató desde hace cinco y que lejos de un criminal, tenía la puerta abierta de la casa. El padre de sus dos nietos. “Con él convivíamos mucho, le festejábamos sus cumpleaños, pasamos Navidades y Años Nuevos –se ahoga su voz- él nos acompañaba a los viajes a Vallarta”.

Su chica se había juntado con él siendo adolescente, pero no fue sino hasta su segundo embarazo que la familia empezó a notar que algo pasaba. Los celos, los empujones, los golpes, la ausencia de casa y al último dejarla sin ‘el gasto’, se amontonaron de pronto. N. iba a rescatarla el día que la asesinó. Viajaba a Guadalajara y llegó a las 4 de mañana, muy inquieta. Decidió esperar a que amaneciera pero no encontró sosiego.

El presunto feminicida tiene orden de aprehensión. Está prófugo. Una sola vez, en los últimos meses, se atrevió a enviarle mensajes por celular, pidiendo hablar “para que ya descanse de mi dolor”. No sucedió.

“A mí me cambió la vida. Tiene uno todo ese dolor y tiene que hacerse cargo de tantas cosas”, comenta N. A ella, las exigencias diarias le acabaron también el tiempo de duelo, desde afrontar los gastos funerarios, hasta ocuparse de mantener y criar a sus dos nietos, un pequeño y un bebé. Las carencias son menos gracias al Programa de Apoyo Económico para las Hijas e Hijos de Víctimas de Feminicidio o Parricidio, que arrancó en Jalisco en mayo pasado, y en el que están atendiendo a 81 menores de edad con una aportación de dinero cada bimestre, que en medio de la gran tristeza, esta abuela agradece.

“Volver a empezar… es difícil. Es duro para ellos y para mí. Aún sigo en eso, tratando de ayudarlos, porque los dos estaban ahí y aunque son muy chiquitos algo vieron… no sabemos en realidad cuánto pudieron presenciar”.

Los que sí oyeron fueron los vecinos de aquella casa dúplex, pero nadie se metió. Tras su crimen, alrededor de la media noche, el joven cargó con los dos niños y los dejó con los abuelos paternos. “Ellos supieron y ellos lo ayudaron a escapar”, asegura convencida.

También piensa que el dolor es tanto, que solo la motivación de ver por los niños y por sus otras tres hijas, la motiva a seguir adelante. “Mi familia siempre ha sido prioridad para mí”, afirma N. quien sabe no pudo hacer más por su hija, porque ella calló lo que vivía con su pareja, acaso por no mortificarla.

N. por supuesto espera que el presunto feminicida se entregue a la justicia. Mientras sobrevive a fuerza de sacar adelante a los niños que dejó huérfanos su propio padre.

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