Por Israel Navarro

Vuelve la turbulencia al Perú después de la segunda vuelta electoral que ocurrió hace dos domingos, y al día de hoy, no arroja un ganador oficial. ¿Y por qué tanto pleito postelectoral? Vamos por partes. Hay dos contendientes: Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, quien está encarcelado, cosa que ya es típica entre los mandatarios peruanos; y Pedro Castillo, un profesor de escuela rural de ideas marxistas.

Nótese que esta es la segunda vuelta. La primera se llevó a cabo entre 18 candidatos, entre los cuales salieron los punteros Keiko y Pedro con 13% y 19% de la votación, respectivamente. Los resultados de la segunda vuelta favorecen ligeramente al candidato de izquierda por aproximadamente 51,000 votos. O sea, final de foto.

Por ello, la candidata de Fuerza Popular está impugnando 200,000 votos provenientes de zonas rurales, en las que Pedro Castillo gana abrumadoramente. El Jurado Nacional de Elecciones le dijo a Fujimori que sus impugnaciones son improcedentes pues las presentó fuera de tiempo. Ahora sólo queda la posibilidad de revertir 40,000 votos, pero aun lográndolo, el candidato de Perú Libre seguiría ganando.

La segunda vuelta, también conocida como “ballotage”, tiene precisamente esa función: legitimar una elección entre las opciones más votadas en la primera vuelta y generar condiciones de gobernabilidad a quien resulte ganador. Pero el caso de Perú no funciona así por varios motivos.

Primero, porque ambos candidatos obtuvieron una votación muy baja en la primera vuelta, lo cual quiere decir que no son santos de la devoción de muchos, lo cual obliga a los electores a escoger no el mejor, sino el menos malo. Eso es aborrecible en cualquier elección.

Segundo, porque la plataforma política de ambos está en los extremos, lo cual polariza la elección y divide a la sociedad. Sea quien sea el ganador, va a gobernar con la mitad o más de la población en contra o a disgusto con la oferta política de la nueva administración.

Y tercero, porque hay acusaciones de corrupción en la mesa. De hecho, sobre Keiko pesa una demanda por lavado de activos, para la cual los fiscales piden 30 años de cárcel. Ergo, Keiko no solo se juega la presidencia, sino la posibilidad de que le den fresco bote otra vez.

La buena es que de aquí a poco habrá humo blanco. La mala es que será por unos cuantos votos. Y la fea es que esta elección dejará secuelas en la sociedad peruana.

Israel Navarro es Estratega Político del Instituto de Artes y Oficios en Comunicación Estratégica.

Twitter @navarroisrael

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